{"id":2205,"date":"2015-02-18T09:20:31","date_gmt":"2015-02-18T09:20:31","guid":{"rendered":""},"modified":"2015-02-18T09:20:31","modified_gmt":"2015-02-18T09:20:31","slug":"mensaje-del-papa-francisco-para-la-cuaresma-2015","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/web.hilo.org.pe\/index.php\/2015\/02\/18\/mensaje-del-papa-francisco-para-la-cuaresma-2015\/","title":{"rendered":"Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2015"},"content":{"rendered":"<p>&nbsp;Queridos hermanos y hermanas: La Cuaresma es un tiempo de renovaci&oacute;n para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un &laquo;tiempo de gracia&raquo; (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: &laquo;Nosotros amemos a Dios porque &eacute;l nos am&oacute; primero&raquo; (1 Jn 4,19). &Eacute;l no es indiferente a nosotros. Est&aacute; interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos.&nbsp;<\/p>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los dem&aacute;s (algo que Dios Padre no hace jam&aacute;s), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen&hellip; Entonces nuestro coraz&oacute;n cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no est&aacute;n bien. Esta actitud ego&iacute;sta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensi&oacute;n mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalizaci&oacute;n de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desaf&iacute;os m&aacute;s urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalizaci&oacute;n de la indiferencia.<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>La indiferencia hacia el pr&oacute;jimo y hacia Dios es una tentaci&oacute;n real tambi&eacute;n para los cristianos. Por eso, necesitamos o&iacute;r en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvaci&oacute;n de cada hombre. En la encarnaci&oacute;n, en la vida terrena, en la muerte y resurrecci&oacute;n del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamaci&oacute;n de la Palabra, la celebraci&oacute;n de los sacramentos, el testimonio de la fe que act&uacute;a por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en s&iacute; mismo y a cerrar la puerta a trav&eacute;s de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en &Eacute;l. As&iacute;, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovaci&oacute;n, para no ser indiferente y para no cerrarse en s&iacute; mismo. Querr&iacute;a proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovaci&oacute;n.<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>1. &laquo;Si un miembro sufre, todos sufren con &eacute;l&raquo; (1 Co 12,26) &ndash; La Iglesia<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>La caridad de Dios que rompe esa cerraz&oacute;n mortal en s&iacute; mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus ense&ntilde;anzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, s&oacute;lo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como &Eacute;l, siervo de Dios y de los hombres. Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quer&iacute;a que Jes&uacute;s le lavase los pies, pero despu&eacute;s entendi&oacute; que Jes&uacute;s no quer&iacute;a ser s&oacute;lo un ejemplo de c&oacute;mo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio s&oacute;lo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. S&oacute;lo &eacute;stos tienen &ldquo;parte&rdquo; con &Eacute;l (Jn 13,8) y as&iacute; pueden servir al hombre.<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y as&iacute; llegar a ser como &Eacute;l. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucarist&iacute;a. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En &eacute;l no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en &Eacute;l no se es indiferente hacia los dem&aacute;s. &laquo;Si un miembro sufre, todos sufren con &eacute;l; y si un miembro es honrado, todos se alegran con &eacute;l&raquo; (1 Co 12,26).<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comuni&oacute;n de cosas santas: el amor de Dios que se nos revel&oacute; en Cristo y todos sus dones. Entre &eacute;stos est&aacute; tambi&eacute;n la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comuni&oacute;n de los santos y en esta participaci&oacute;n en las cosas santas, nadie posee s&oacute;lo para s&iacute; mismo, sino que lo que tiene es para todos. Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo tambi&eacute;n por quienes est&aacute;n lejos, por aquellos a quienes nunca podr&iacute;amos llegar s&oacute;lo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvaci&oacute;n.<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>2. &laquo;&iquest;D&oacute;nde est&aacute; tu hermano?&raquo; (Gn 4,9) &ndash; Las parroquias y las comunidades<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales &iquest;se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? &iquest;Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? &iquest;Un cuerpo que conoce a sus miembros m&aacute;s d&eacute;biles, pobres y peque&ntilde;os, y se hace cargo de ellos? &iquest;O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que est&aacute;n lejos en el mundo, pero olvida al L&aacute;zaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>En primer lugar, uni&eacute;ndonos a la Iglesia del cielo en la oraci&oacute;n. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comuni&oacute;n de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comuni&oacute;n en la cual el amor vence la indiferencia. La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrecci&oacute;n de Jes&uacute;s, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de coraz&oacute;n y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todav&iacute;a peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escrib&iacute;a convencida de que la alegr&iacute;a en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: &laquo;Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas&raquo; (Carta 254,14 julio 1897).<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>&nbsp;Tambi&eacute;n nosotros participamos de los m&eacute;ritos y de la alegr&iacute;a de los santos, as&iacute; como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliaci&oacute;n. Su alegr&iacute;a por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de coraz&oacute;n.<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>Por otra parte, toda comunidad cristiana est&aacute; llamada a cruzar el umbral que la pone en relaci&oacute;n con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en s&iacute; misma, sino que es enviada a todos los hombres.<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>Esta misi&oacute;n es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misi&oacute;n es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). As&iacute; podemos ver en nuestro pr&oacute;jimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo muri&oacute; y resucit&oacute;. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido tambi&eacute;n para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>Queridos hermanos y hermanas, cu&aacute;nto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>3. &laquo;Fortalezcan sus corazones&raquo; (St 5,8) &ndash; La persona creyente<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>Tambi&eacute;n como individuos tenemos la tentaci&oacute;n de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e im&aacute;genes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. &iquest;Qu&eacute; podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>En primer lugar, podemos orar en la comuni&oacute;n de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oraci&oacute;n de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Se&ntilde;or, que deseo que se celebre en toda la Iglesia &mdash;tambi&eacute;n a nivel diocesano&mdash;, en los d&iacute;as 13 y 14 de marzo, es expresi&oacute;n de esta necesidad de la oraci&oacute;n.<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar inter&eacute;s por el otro, con un signo concreto, aunque sea peque&ntilde;o, de nuestra participaci&oacute;n en la misma humanidad.<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversi&oacute;n, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los l&iacute;mites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentaci&oacute;n diab&oacute;lica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formaci&oacute;n del coraz&oacute;n, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31). Tener un coraz&oacute;n misericordioso no significa tener un coraz&oacute;n d&eacute;bil. Quien desea ser misericordioso necesita un coraz&oacute;n fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un coraz&oacute;n que se deje impregnar por el Esp&iacute;ritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un coraz&oacute;n pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: &ldquo;Fac cor nostrum secundum Cor tuum&rdquo;: &ldquo;Haz nuestro coraz&oacute;n semejante al tuyo&rdquo; (S&uacute;plica de las Letan&iacute;as al Sagrado Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s). De ese modo tendremos un coraz&oacute;n fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en s&iacute; mismo y no caiga en el v&eacute;rtigo de la globalizaci&oacute;n de la indiferencia.<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>Con este deseo, aseguro mi oraci&oacute;n para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por m&iacute;. Que el Se&ntilde;or los bendiga y la Virgen los guarde.<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>Vaticano, 4 de octubre de 2014. Fiesta de San Francisco de As&iacute;s<\/div>\n<div>&nbsp;<\/div>\n<div>Francisco<\/div>\n<p><a href=\"http:\/\/web.hilo.org.pe\/wp-content\/uploads\/cuaresma2015.jpg\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Ver archivo adjunto<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Queridos hermanos y hermanas: La Cuaresma es un tiempo de renovaci?n para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un ?tiempo de gracia? (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: ?Nosotros amemos a Dios porque ?l nos am? primero? (1 Jn 4,19). ?l no es indiferente a nosotros. 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